Los más vulnerables son nuestros niños: bienestar animal, infancia y corresponsabilidad

Cuando hablamos de vulnerabilidad, muchas veces miramos hacia afuera. Sin embargo, los más vulnerables de nuestra sociedad siguen siendo nuestros niños. Y hoy esa vulnerabilidad se profundiza en un contexto que pocas veces nos atrevemos a nombrar: en muchos hogares ya hay más animales de compañía que niños, sin que como sociedad hayamos aprendido a asumir de manera responsable lo que eso implica.

Esta realidad no es negativa o positiva en sí misma, es una realidad. Los animales de compañía aportan afecto, compañía y bienestar emocional. El problema surge cuando esta transformación social no viene acompañada de educación, corresponsabilidad y políticas públicas claras que protejan los nuevos conceptos de familia. Cuando crece la presencia de animales en los hogares, pero no crece al mismo ritmo la conciencia sobre convivencia segura, salud pública, prevención de riesgos, convivencia y bienestar integral, quienes terminan más expuestos son los los más vulnerables niños y los animales.

A nuestros niños no solo les estamos heredando un modelo de consumo poco sostenible; también les estamos quitando la posibilidad de disfrutar plenamente de la biodiversidad que hace único a nuestro país. Les estamos dejando ecosistemas deteriorados y relaciones desordenadas con los animales, donde el cuidado se asume desde el afecto y no desde la responsabilidad.

La vulnerabilidad infantil no es solo ambiental o cultural; es también sanitaria y social. Los niños siguen siendo el grupo con mayor riesgo frente a accidentes zoonóticos, como mordeduras y otras afectaciones a su salud física y mental, no porque sean irresponsables, sino porque dependen completamente de las decisiones, o de las omisiones,  de los adultos. De hecho, estudios internacionales muestran que los niños representan la mayoría de los casos de mordeduras de perro, y que estas lesiones ocurren con mayor frecuencia en la cabeza y el cuello que en los adultos, especialmente en entornos familiares donde las mascotas son conocidas pero no existe educación ni prevención adecuadas. En hogares donde conviven niños y animales sin acompañamiento, sin educación y sin estrategias de prevención, el riesgo se normaliza.

He trabajado en territorios donde evitar conversaciones incómodas sobre tenencia responsable, control poblacional, vacunación, comportamiento animal y convivencia segura termina exponiendo a los niños a situaciones prevenibles. El silencio no protege; vulnera. Y la falta de corresponsabilidad adulta convierte a la infancia en la principal afectada de sistemas mal gestionados.

El bienestar animal y la protección de la infancia están profundamente conectados. Cuando no educamos, cuando no prevenimos y cuando no articulamos instituciones, trasladamos el riesgo a quienes menos herramientas tienen para enfrentarlo. Los niños no eligen el entorno en el que crecen, pero sí viven las consecuencias de cómo los adultos decidimos relacionarnos con los animales.

Proteger a la infancia implica asumir que el bienestar animal no es un tema marginal ni accesorio. Es una estrategia de prevención, de salud pública y de cuidado colectivo. Implica políticas públicas claras, recursos suficientes y adultos dispuestos a asumir su rol sin delegarlo ni evadirlo.

Una sociedad que incrementa la presencia de animales en los hogares, pero no fortalece la corresponsabilidad, está fallando en su deber más básico: cuidar a sus niños. El cuidado de la vida no se fragmenta. O se asume de manera integral, o se traslada el costo a los más vulnerables.

Hablar de bienestar animal es también hablar de infancia.
Y construir corresponsabilidad hoy es la única forma de garantizarles un mañana más seguro, más justo y más consciente.

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