Durante muchos años creí que mi lugar estaba exclusivamente en la academia, en los proyectos sociales, en la empresa y en la educación. Creí que desde allí era posible transformar realidades de manera profunda y sostenida. Y en gran parte lo es. Pero la experiencia me mostró un límite claro: sin voluntad política, muchas transformaciones se quedan a mitad de camino y se convierten en sueños inacabables.
He trabajado en territorio, he acompañado comunidades, he liderado procesos de formación, he construido empresa, he fallado y he crecido. He participado en la formulación de políticas públicas y he promovido espacios de diálogo interinstitucional. En todos esos escenarios encontré un obstáculo recurrente: buenas ideas que no avanzan por la falta de normas claras, de sustento técnico, de presupuesto, de articulación entre instituciones y de liderazgo técnico dentro del Estado.
Ese estancamiento no habla de incapacidad; habla de un sistema que necesita orden, visión y decisiones. Colombia no parte de cero. Tiene talento, conocimiento, experiencia territorial y una enorme diversidad biológica y cultural. Lo que falta es convertir ese potencial en políticas públicas coherentes, sostenidas y evaluables.
El reto no es copiar modelos externos sin criterio, sino aprender de ellos para construir soluciones propias, adaptadas a nuestra realidad. Si lo hacemos bien, Colombia no solo puede mejorar su relación con los animales y con la vida en todas sus formas: puede convertirse en un ejemplo internacional de cómo el bienestar animal, humano y ambiental se integran como eje de desarrollo social.
Los animales (y las personas que dependen de ellos o trabajan con ellos) siguen siendo abordados desde la fragmentación, la improvisación o la reacción. No por falta de conocimiento, sino por falta de decisiones estructurales. Y cuando el Estado no decide, las consecuencias recaen siempre sobre los más vulnerables.
Doy el paso a la política porque entendí que el bienestar animal no necesita más discursos, necesita representación con criterio técnico. Necesita voces que entiendan el territorio, que conozcan los sistemas productivos, que comprendan la relación entre salud pública, economía, educación y ambiente. Necesita políticas públicas diseñadas desde la realidad y no desde el escritorio. Y menos desde el desconocimiento.
No llego a la política a improvisar ni a aprender desde cero. Llego con una trayectoria construida desde la acción, con experiencia en el sector productivo, social y educativo, y con la convicción de que legislar también es una forma de servir. Mi vocación no cambió; se amplió.
Doy este paso porque creo en una política que se haga cargo, que asuma responsabilidades y que deje de postergar conversaciones incómodas pero urgentes sobre nuestra relación con los animales y con la vida en todas sus formas. Una política que entienda que cuidar no es un acto menor y solo de “amor”, sino una decisión profundamente ética y estratégica.
Mi voz nace de mi profesión, de mi recorrido y de mi compromiso con Colombia.
Es una voz construida desde la ciencia, sostenida por la conciencia y llevada a la acción.
La vet es mi voz.
Y hoy, esa voz decide participar para transformar.


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