No puede existir bienestar animal sin dignificar a las personas que trabajan con y por los animales. Detrás de cada acción, cada programa, cada política y cada decisión que impacta la vida de los animales, hay un ecosistema humano que hoy sigue siendo invisible para la sociedad y el Estado.
Médicos veterinarios, zootecnistas, biólogos , zoólogos, productores, auxiliares, cuidadores, entrenadores, rescatistas, etólogos, educadores, intervenciones asistidas con animales y trabajadores del sector animal cumplen una función esencial para la salud pública, la seguridad alimentaria y la convivencia social. Sin embargo, en Colombia, gran parte de este trabajo se desarrolla en condiciones de precariedad, informalidad y desprotección.
He visto profesionales altamente capacitados asumir riesgos físicos, emocionales y económicos sin garantías mínimas. He visto jornadas extendidas, desgaste mental y responsabilidades enormes sin respaldo institucional ni reconocimiento social. Esta precarización no solo afecta a quienes ejercen estas labores: afecta directamente la calidad del bienestar que reciben los animales.
Cuando el trabajo alrededor de los animales se desvaloriza, se debilita todo el sistema. No hay continuidad en los procesos, no hay estándares claros y no hay sostenibilidad. El resultado es un círculo vicioso donde la falta de condiciones laborales termina traduciéndose en fallas estructurales del bienestar animal.
Dignificar este ecosistema implica actualizar marcos normativos, reconocer competencias profesionales, incentivar la formación continua y generar condiciones laborales justas. Implica entender que el sector animal no es un hobby ni un voluntariado permanente, sino un campo profesional que sostiene dimensiones claves del desarrollo del país.
Defender a los animales también es defender a quienes los cuidan, los estudian y los protegen. Es proteger el conocimiento técnico y el conocimiento ancestral, la ética profesional y la experiencia acumulada que hoy se pierde por falta de políticas claras y por la incapacidad de sostener conversaciones incómodas pero necesarias sobre la relación humano–animal.
Un país que no dignifica a quienes sostienen el bienestar animal compromete su salud pública, su economía, su cultura y su tejido social. Por el contrario, un país que reconoce y fortalece este ecosistema construye bienestar real, sostenible y medible.
El reto no es menor, pero es urgente. Colombia necesita pasar del reconocimiento simbólico a la protección efectiva. Necesita políticas públicas que entiendan que dignificar a las personas que trabajan con animales es una condición básica para garantizar el bienestar animal y humano.

