Los animales no necesitan más campañas políticas. Necesitan que la política los tome en serio.

Hay algo que me ha incomodado durante años y que decidí nombrar sin rodeos: los animales se han convertido en una de las herramientas de marketing político más efectivas y más deshonestas de Colombia. Aparecen en las fotos de campaña, en los discursos de tarima, en las promesas que se hacen en época electoral y desaparecen —junto con las pancartas— el día después de las elecciones.

Lo he visto de cerca. Lo he vivido desde adentro. Y precisamente por eso decidí hacer algo diferente.

Cuando tomé la decisión de dar el paso a la política, lo primero que me pregunté no fue cómo ganar votos. Me pregunté cómo hacer una campaña que, independientemente del resultado electoral, dejara algo real. Una campaña que cambiara la narrativa, que hablara de lo incómodo, que pusiera sobre la mesa lo que nadie quiere decir porque no es rentable electoralmente.

Porque esa es la verdad que nadie dice: los animales no votan. Y en política, lo que no vota no tiene peso real. Mientras esa lógica siga gobernando las decisiones, el bienestar animal seguirá siendo decoración en los discursos y cero pesos en el Presupuesto General de la Nación.

Sí. Cero pesos.

Colombia tiene una de las producciones legislativas en bienestar animal más activas de la región. Tenemos leyes. Tenemos normas. Tenemos resoluciones. Lo que no tenemos es presupuesto para implementarlas, institucionalidad para sostenerlas ni voluntad política real para financiarlas. Creamos leyes hermosas sobre el papel que obligan a entidades sin recursos, penalizan conductas sin ofrecer educación y prometen protección sin financiar prevención. Es legislación reactiva, no transformadora.

Y eso tiene consecuencias concretas: entre 2 y 3 millones de perros viven en situación de calle en Colombia. Solo en Bogotá se registran cerca de 11.800 abandonos al año. El Centro de Bienestar Animal La Perla realizó más de 7.000 rescates en un solo año con un presupuesto que no alcanza para atender la magnitud del problema. La tenencia de animales de compañía está dentro de las primeras cuatro causas de conflicto ciudadano en áreas urbanas del país.

Estos no son datos de activistas. Son datos de instituciones públicas. Y sin embargo, seguimos debatiendo desde el sentimentalismo.

Lo que propongo no es una campaña para ganar popularidad. Es una campaña para cambiar la conversación. Del sentimentalismo a la sostenibilidad. De la victimización al respeto fundamentado en ciencia. De las fotos con animales rescatados a las políticas públicas que evitan que esos animales lleguen a necesitar rescate.

Hay conversaciones que nadie quiere tener porque son impopulares. Yo las voy a tener.

Hay que hablar del costo real de implementar la política pública de bienestar animal, y de quién lo paga. Hay que hablar de la producción animal responsable como condición para la soberanía alimentaria: en Colombia, entre el 17 y el 22% de la población vive en zonas rurales donde la ganadería es el medio de vida principal, y el sector pecuario representa el 6,3% del PIB nacional. Proponer políticas de bienestar animal sin considerar esa realidad no es progresismo; es irresponsabilidad.

Hay que hablar del equilibrio real entre derechos animales y responsabilidades sociales. De la sobrepoblación de animales de compañía y de la corresponsabilidad de los tenedores. De la salud mental de los profesionales veterinarios, que tiene una de las tasas de suicidio más altas entre las profesiones de salud y de la que nadie habla. Del tráfico de fauna silvestre y su relación con otras economías ilegales en el país.

Y hay que hablar de algo que duele decir pero que es urgente: el activismo animalista sin fundamento técnico puede ser tan dañino como la indiferencia. Cuando las buenas intenciones no están respaldadas por conocimiento sólido, las consecuencias recaen sobre los mismos animales que se busca proteger. No se puede defender a los animales solo con indignación. Se defienden con recursos, con profesionales capacitados y con políticas basadas en evidencia.

Mi propuesta se sostiene en tres pilares que no buscan aplausos, buscan resultados.

El primero es la dignificación profesional y del oficio. Dignificar a los médicos veterinarios, zootecnistas, técnicos pecuarios, campesinos, ganaderos y a todas las personas cuya vida y sustento dependen de los animales. Incluirlos en las conversaciones de política pública en lugar de legislar sobre sus realidades sin consultarlos. Proteger el sector de la medicina veterinaria. Reconocer y desarrollar los nuevos oficios técnicos que el ecosistema animal demanda.

El segundo es que los animales se defienden con recursos reales. Exigir presupuesto específico y sostenible en el Presupuesto General de la Nación. Invertir en investigación científica aplicada. Estimular la responsabilidad social empresarial de las industrias que se benefician directa o indirectamente de los animales. Financiar la implementación de las leyes que ya existen antes de crear nuevas.

El tercero es pasar de la victimización al respeto. Los animales no necesitan lástima; necesitan que su valor económico, social y ecológico sea reconocido en las decisiones que los afectan. Colombia es el país más biodiverso por metro cuadrado del planeta y el cuarto destino mundial de fauna migratoria. Eso no es solo un dato bonito para una presentación: es una ventaja competitiva estratégica que puede generar turismo sostenible, empleo y desarrollo para comunidades enteras, si se gestiona con seriedad.

Esta campaña no promete soluciones mágicas. Promete honestidad, rigor técnico y conversaciones que incomoden pero que transformen.

Los animales no votan. Pero las políticas que los afectan determinan el futuro de millones de colombianos que sí votan: los que comen gracias a ellos, los que trabajan con ellos, los que los tienen en casa, los que dependen de que los ecosistemas que los albergan sigan en pie.

Llegué a la política porque entendí que el bienestar animal no necesita más activistas con buenas intenciones. Necesita representación con criterio técnico. Necesita voces que entiendan el territorio, que conozcan los sistemas productivos, que comprendan la relación entre salud pública, economía, educación y ambiente.

Mi vocación no cambió. Se amplió.

La vet es mi voz. Y esa voz va a decir lo que hay que decir, aunque no sea lo que se quiere escuchar.

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